Una idea cuaquiera

Solo tienes una libreta y un boli, no cuentas con nada más que te distraiga durante el viaje. Y, ¿Qué haces? Lo primero es dibujar. Empiezas a garabatear la hoja sin sentido, a ver qué pasa. Pero pronto pierdes toda la ilusión. Piensas que podrías escribir la historia que todos querrían leer. Así que coges de nuevo la libreta y con el papel garabateado comienzas a escribir palabras sueltas, No se te ocurre nada. No hay nada que tú puedas decir que no se haya dicho ya, ni contar una historia mejor de las que ya se han contado.
Sigues pensando qué hacer, miras con esperanza que en la pantalla del tren deje de poner “No disc” y te entretengan con alguna película. Ni siquiera tiene que gustarte. Solo buscas algo que hacer. La situación no cambia. Avanzan los minutos y sigue igual. Sigues sin nada en tu poder que pueda llenar el vacío que deja la falta de ideas. Pasan las paradas, hay gente que baja, pero sigues ahí, con tu destino un poco más cerca aunque lejos todavía. Se te ocurre pedirle la revista a la mujer sentada al otro lado del pasillo pero no lo haces, quedaría mal. También te gustaría preguntarle a quien tienes al lado porque se levanta inquieta cada vez que para el tren, como si estuviera esperando que alguien importante se montara. Pero tampoco lo haces, porque sería una situación incómoda.


Echa la vista atrás. Has escrito mucho para no decir nada. ¿Te sientes frustrado por no haber empezado todavía la historia que te prometiste? No. Porque si no ya hubieras dejado de escribir hace tiempo. Hubieras buscado una alternativa a esta actividad que empezaste en 2011. Con dos años que te quedan de viaje no vas a conseguir mucho más de lo que ya tienes aunque disimules con todo tu empeño el poco interés que te queda. Deja de callar las bocas que intentan contar lo que tú no puedes. Rectificar dicen que es de sabios; estás a tiempo de dejar la historia a medias para que otro pueda darle al lector el final que merece.

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