Formo parte del juego, ¿y?

Por muy diferente que pensemos unos de otros, y por muy distintos que nos veamos a los demás. Lo cierto es que todos al estar solteros hemos pasado por la situación de fijarnos en alguien y querer que ese alguien se fije en nosotros. Intentamos ocultar lo interesados que estamos en alguien, pero a la vez exigimos que ese alguien muestre interés por nosotros. Podríamos estar la vida esperando ser el centro de atención de alguien que no nos corresponde, pero no somos capaces de esperar un cuarto de hora al autobús. Es algo ilógico, pero nos parece lo más normal del mundo.
Esa sensación, el cosquilleo que sentimos al ver a alguien que nos gusta, se repite más a menudo cuanto más salimos por ahí. Cuantos más jugadores conocemos. Algo que se acentúa cuando perteneces al grupo de solteros orgulloso de serlo y que si lo dejas será por casualidad, no porque vayas buscando al príncipe azul allí donde pisas. Miramos a nuestro alrededor en un bar y de repente vemos a una persona, como si un cazador hubiera visto a su presa, y la observamos. Buscamos que también el otro nos mire, y si esto ocurre empezamos a ponernos nerviosos. Nos volvemos tontos, pero nos encanta. Digo yo que nos gustará porque si no es imposible que tras años de evolución humana sigamos dándole vueltas al “me quiere, no me quiere”. Cuando descubrimos que la otra persona también quiere sería muy fácil acercarse, mirarse, besarse e incluso acabar en su cama sin decir ni una sola palabra; pero en vez de eso buscamos mentalmente el tema de conversación perfecto. Cuando por fin lo encontramos pueden ocurrir dos cosas: nos quedamos quietas sin intercambiar ni una sola palabra de las que hemos pensado, o nos acercamos con la esperanza de tener la mejor conversación de nuestra vida en los siguientes cinco minutos. Elijamos lo que elijamos seguimos sonriendo sin saber que esa persona podría ser un psicópata al que se lo estamos poniendo en bandeja, o un hombre casado y padre de familia. Da lo mismo, diga lo que nos diga nos lo vamos a creer. Entonces, ¿Por qué nos preocupamos de lo que diremos nosotros? Y si mentimos, ¿Por qué pensamos en lo elaboradas que serán nuestras mentiras si al otro le van a dar igual? Pensamos y le damos mil vueltas porque lo que vamos a vivir lo merece. Parece que no tengamos sentimientos, que hagamos todos los días lo mismo y que al acercarnos vayamos a ser objeto de algo, pero es todo lo contrario. El sentirnos atraídos por alguien es algo que nos recuerda que estamos vivos, nos sentimos a gusto con nosotros mismos y llegamos hasta donde haga falta por conseguir aquello que nos hemos propuesto. Según el recato de cada uno, llegaremos más o menos lejos por ganar la partida, pero intentaremos caerle bien a esa persona y pasar con ella el mayor rato posible durante esa noche. No sabemos qué pasará después, si volveremos a vernos, nos odiaremos a muerte o pasaremos el uno del otro como de la mierda. Es un misterio que está en nuestra mano resolver, pero mientras tanto nos conformaremos con pasárnoslo bien y sentirnos especiales por un momento que recordaremos, o nos recordarán siempre.

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