A un amigo.


Hay personas que, bandeados por la vida y sus infortunios, muestran una entereza que es digna de la más sincera admiración.

De la nada, algo ocurre y tu vida cambia. El tiempo se para y te ves frente al barranco más atroz. Vértigo del alma. Y es la forma de enfrentarnos a esos momentos difíciles lo que nos define como individuos. Lo que nos retrata sin artificios.

Cuando lo que el cuerpo pide es desplomarse como un castillo de naipes, o tornarse huraño, a la defensiva contra la vida, e incluso vengativo con todo lo que la compone, existe, como digo, quien se arma de algún tipo de misterioso caparazón, de un ánimo valiente y corajudo que aunque no le hace inmune a las caídas les permite levantarse una y otra vez, como tirados por un resorte. A modo de un barco que desafía al oleaje, y su mástil se comba sin partirse, avanzando a ciegas, pero avanzando al fin y al cabo buscando un faro. Y es que para navegar en la vorágine de la desdicha lo mejor es no parar de remar.

Quizá, en su amarga situación, entienden que la vida es un suspiro, o una sucesión de suspiros hermosos. Que hay que mirarla dos veces, una para verla y otra para comprenderla. Que una actitud logra victorias, y que la sonrisa es la faz de la esperanza.

Comentarios

Entradas populares