Mensajes sobre el pedestal

Paseaba un hombre de mediana edad en un día soleado de verano por las calles de su barrio y fue la casualidad, o el recuerdo inconsciente de una vieja traza, lo que llevó sus pasos hasta un parque en el que de niño solía jugar y pasar ratos de correrías con los amigos. Recorriendo con la memoria aquellos gratos momentos del pasado, la comisura de sus labios se fue ensanchando hasta que topó con el lugar donde, hacía años, se erigia una bella estatua de una virgencita de piedra. En su lugar, ahora, se encontraba, sobre el mismo pedestal, una figura cónica, sin más forma ni moldura que la de un cono trigonométrico.
Extrañado por aquella enigmática efigie fue a preguntar a un hombre mayor, que sentado en un banco cercano, alimentaba palomas y recuerdos a partes iguales.
El viejo se levantó de su asiento y le contó al hombre que la estatua de aquella virgencita sufrió los desgastes del tiempo y hubo que llevarla a restaurar hace ya varios años. Sin embargo, una vez que iban a empezar con la restauración hubo quien opinó que no había motivo por cual el estado tuviera que gastar dinero de las arcas públicas en restaurar una figura de culto particular en un estado laico y aconfensional. Así que la figura fue desechada. En su lugar se decidió colocar la estatua de un viejo gobernante provincial, de cierta relevancia en el desarrollo de la urbe, hacía siglos. Pero una vez más se alzaron algunas voces críticas, argumentando que aquel gobernante, en realidad, había sido un tirano y un explotador y que, por tanto, no merecía tal honor, habiendo, además, en opinión de muchos, otros personajes históricos de la región de más envergadura. Así se sucedieron nombres y propuestas, pero todas encontraban su antítesis tan pronto como eran pronunciadas. Una figura gobernante, inspiraba el poder del explotador y lanzaba un claro mensaje de sumisión a la sociedad. Un personaje masculino no hacía más que inculcar, de forma subliminal, mensajes de machismo y desigualdad. Un animal estaba siempre ligado a una serie de valores que se le asociaban y, por tanto, era un modelo de adoctrinamiento social.
Así que, al final, se decidió colocar aquel cono. Sin ideología, ni fundamento. Sin lógica. Sin pasado ni futuro. Todos contentos, zanjó el viejo.
Tras escuchar al viejo, el hombre se quedó contemplando la estatua de aquel cono durante unos minutos. Después, bosquejando una ácida sonrisa, dijo:
- Pues no sabría que decirle- señaló el hombre-, al haber un solo cono, a mi me inspira soledad. Quizá si hubiera dos...

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